Infinito

Cuando se trata de ti es inevitable no hacerle reproches al destino, yo casi siempre culpo a la vida misma. Pero hoy haré de cuenta que lo nuestro fue cuestión de manecillas y arena, de segundos y minutos, vamos a culpar al tiempo.

Digamos que tu te levantaste un día, tomaste café, saliste a la calle y encontraste el amor; lo miraste a los ojos, te abrió el alma y te fuiste a vivir feliz para siempre.

Con el tiempo llegué, me tropecé en tu vida y me quedé en tu suelo. Ahora me ves como si nunca hubieses amado, como si yo fuese tu primera vez, como un niño en un parque esperando el algodón de azúcar. Pero ese niño en el parque no está jugando, está perdido, anda de barriga llena y le tienen prohibido comer golosinas.

Es muy tarde para el postre, para mirarme como me miras.

Si tu aquella mañana te hubieses levantado más temprano y en lugar de tomarte el maldito café hubieses encendido un cigarro, estoy muy seguro que nos hubiésemos encontrado al doblar la esquina.

Fuiste, fuimos, impuntuales a nuestra cita y como todo en esta vida no me di cuenta que ese día tu te hacías de alguien y que alguien me llamaba mío. Ahora estamos aquí, cada uno en su respectiva esquina, dejando pasar el tiempo, hambrientos de nosotros, asqueados de nuestra rutina.

Lo sublime del tiempo es que no regresa, tampoco se pierde simplemente no se puede detener, no importa si la faena es épica o si lo único que haces es silbar mientras caminas, el tiempo ya no está, no germina.

Ayer te compré el infinito, ese símbolo que marcará la hora, mi piel y tu boca, es uno de esos infinitos que marcan la vida.


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