Desnudos

Y, entonces, caminaba descalza por la habitación moviendo despreocupada su piel de un lado a otro; sumergida en el vaivén de sus caderas, sin vergüenza alguna.

Encendió el último cigarrillo y se dispuso a fumar junto a la ventana, que, entreabierta, dejaba escabullirse al viento, sólo para que se enredara en su cabello.

Observó detenidamente la cama, entre las sábanas podía divisar claramente mi sexo, erguido con el resplandor del amanecer. La evidencia irrefutable del deseo es la erección y la humedad de sus labios era tan sólo una cálida respuesta a semejante testimonio de amor.

Soltó el vicio al viento, cerró con fuerza la ventana como evitando que entrara cualquier testigo, a veces, el placer no necesita espectadores, sólo cómplices y un destino. El mío eran sus ganas, deslizó suavemente su cuerpo sobre la cama, deshojó mi piel de la seda que me cubría, tomó con firmeza mi sexo y se lo llevó a la boca. Bebió de él como el sediento del oasis. Fue feliz, y se desplomó junto a mi cuerpo para contemplar mi éxtasis, ahí juntos sin prisas, desnudos.

Desnudos, sí, sin ropa, pero la desnudez más importante es desnudar el alma, es un acto sublime, es casi como tocar el cielo. Desnudar el alma cada día se hace más difícil, porque ella es como una niña que le teme a la oscuridad, que se esconde, se acurruca en lo más profundo de su ser, tiritando de frío, y sacarla de allí es casi obligarla a exponerse, a recibir maltratos, indiferencia, y por eso ella prefiere no salir.

Sin embargo, nos encontramos con el alma a flor de piel, hoy como hace sesenta y un días atrás, que todos dirían que nos conocemos hace ya mucho tiempo ¡Qué va! Lo importante no es el tiempo es la intensidad con la que vivimos cada segundo.

Hoy amor como siempre, nos encontramos mostrándonos, desnudos.


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