El camino

Se dice que el camino está lleno de piedras, de atajos, puentes y transeúntes que coinciden brevemente contigo al andar; yo pienso que el camino es irrelevante si no sabes hacia dónde vas. Cuando era pequeño comprendí que el balance no era mi mejor aliado y que la torpeza era mi amiga, tropiezo en lo plano y dejo la punta de mis dedos en cualquier esquina. Cuántas cicatrices tienen mis rodillas de las cuales sólo recuerdo breves detalles de cómo sucedieron. Algunas, las más grandes casualmente van acompañadas de hermosas historias, como aquella vez en la que intenté aprender a manejar una bicicleta o la vez en la que hice mi debut en una cancha de baloncesto. También recuerdo los castigos de mis maestros, ponerme de rodillas en la zona empedrada de la escuela para que aprendiera mi lección “no debo esconderme en la biblioteca” 

La vida me enseñó que el tropiezo es inevitable, encariñarse o detestar las piedras es opcional. Hace mucho dejé de encariñarme con ellas y comencé a enamorarme de los árboles, las nubes, las banquetas y de todo lo que adorna el camino, comencé a disfrutar del paisaje. 

Debí saber que con esa sabiduría (para mí lo es) vendrían otras decepciones, como por ejemplo, lo corto que puede ser un sendero cuando disfrutamos de alguna compañía, o lo difícil que es despedirse de la casita del árbol. 

Los tropiezos, lejos de ser parte del camino son un acompañamiento inevitable de los pies. 

Dejemos de culpar al camino por nuestra inexperiencia al andar. 


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