No fui un santo pero fui yo (El retrato de Wilde)

Me vestía de escándalo y terciopelo, como quien se viste de verdad. Amé el arte, el vino… y sí, también a algún que otro caballero. Mientras todos susurraban lo que se debía o no hacer, yo lo hacía, y lo hacía bien. El pecado, querido, no es más que un placer al que alguien le tuvo miedo primero.

Fui una colección de frases, de salones, de miradas que no se atrevían a sostenerse. Y si alguna vez exageré, fue porque decir la verdad con estilo requiere cierta teatralidad. Jamás pedí perdón por ser sincero. Ni por escribir lo que muchos pensaban y ninguno se atrevía a firmar.

No, no fui un santo. Pero fui yo. Viví la vida como un brindis eterno, sin pedir permiso. Y cuando caí —porque claro que caí— lo hice con la voz firme y la cabeza alta. Me pusieron en juicio, me dieron barrotes, me arrancaron el apellido. Pero ni el silencio ni la vergüenza me vistieron de otra persona. Yo seguía siendo Wilde, incluso entre rejas.

Me llamaron genio en voz baja, y monstruo en voz alta. Me leyeron escondidos y me juzgaron al sol. ¿Mi crimen? Amar sin esconderme. ¿Mi castigo? Ser yo en un mundo que no tolera el espejo.

Perdí muchas cosas. Los teatros, los trajes caros, los aplausos. Pero no perdí mi lengua. Ni mis palabras. Escribí desde lo más profundo, literalmente. En una celda húmeda donde solo la tinta me recordaba que seguía vivo. Me arranqué el alma en cada línea… y aún así, no la entregué del todo.

Siempre creí que el arte no salva, pero embriaga. Que la belleza no redime, pero gobierna. Y que si el mundo te señala, lo mejor que podés hacer es reír con elegancia y ajustar bien la corbata.

Morí lejos de casa, sin oro ni gloria. En París, discutiendo con un papel tapiz que me parecía insoportable. Pero incluso al final, tuve la decencia de mantenerme fiel. A mi estilo. A mis errores. A mí.

Porque no fui un santo. Pero fui yo.

Y eso, al final del día, es lo único que vale la pena.


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