Confesiones de un farsante en retiro

Hubo un tiempo —tan lejano como un pecado antiguo— en que yo, bajo los efectos del vino, me convertía en una criatura fascinante. No un borracho vulgar, de esos que arrastran palabras y dignidad por igual, sino un orador encantado por su propio eco, un artista de la mentira. En aquellos estados sublimes, la verdad me parecía una vulgaridad de gente aburrida, y el pensamiento, un corsé innecesario para un alma que quería bailar desnuda.

Mentir no era un vicio, sino un arte. ¿Qué mayor acto de libertad que reinventarse con cada frase, cada copa, cada mirada? Mi yo sobrio lo observaba con una mezcla de asombro y escándalo, como quien presencia a un ilusionista sabiendo que todo es truco, pero deseando creer igual.

El joven que fui prefería a ese otro yo, ebrio y encantador, porque vivía bajo una sola regla: el límite es una grosería de los mediocres. Cuando creyó haber tocado el cielo, descubrió con desilusión deliciosa que más allá se extendía el universo, y que no había fin, ni gloria, ni punto de retorno.

Quizás por eso hoy camino con el paso medido de los que han amado demasiado su propia ruina. Soy sobrio, honesto, incluso —me duele decirlo— prudente. Algunos lo llaman madurez; yo lo llamo resignación con buen gusto.

¿Es miedo al infinito? Tal vez. ¿Falta de sueños? Puede ser. Pero no todo lo que se abandona es pérdida: hay delirios que se dejan atrás como se deja un amante caprichoso, con el alivio culpable de quien sabe que, aunque fascinante, era demasiado costoso para la salud, el alma y el buen nombre.

Y así vivo, adornando mi moderación con frases ingeniosas y un leve perfume de lo que alguna vez fui. Porque incluso en la sobriedad, uno debe conservar algo de estilo.


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