Acto uno, el adiós

El ruido era ensordecedor, creí que eran las ramas del árbol rompiéndose por la tormenta; pero no, era mi llanto y el lamento de mi alma. Es aterrador darte cuenta de cómo suena la tristeza que nos alberga, entonces pensé que nadie debería escucharme llorar, mucho menos verme en ese estado tan deplorable.

Era yo, fragmentado en mil pedazos y cada uno se rehusaba a desprenderse, aferrándose a mi piel, dejando heridas que luego, con el paso del tiempo se volverán cicatrices.

Quien estaba a mi lado me abrazó con fuerza, como evitando que me rompiera, me susurró al oído, “todo estará bien” en ese momento sentí furia por la ineptitud de las palabras, el escaso refugio que ofrecían sus brazos. Quise gritarle que cuando el dolor es así de grande, las palabras sobran y el silencio es bienvenido.

Pero el llanto me vuelve vulnerable y anuda mi garganta, recordé que mis ojos se expresan mejor que mi boca y decidí hablar a través de ellos, para mi sorpresa, mis ojos encontraron a los tuyos. Eras tú quien estaba a mi lado, fuiste tú quien me rompió y permaneciste ahí esperando que cayeran los pedazos, el abrazo no era para protegerme, era una sacudida para que se desprendieran los escombros.

“Todo estará bien” no era una promesa de consuelo. Era tu escape, tu salida

Si yo te hubiese quebrado de esa manera, por lo menos tendría la arrogancia de mirarte de frente y sonreír. Adiós era la palabra correcta, pero tu cobardía impedía que la pronunciaras, entonces me levanté y me fui.


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