Vivimos para ganarle a los sueños,
eso decía mi padre, o quizá lo aprendí en la calle.
Corremos tras metas que no tienen rostro,
cazamos cifras, nombres, títulos
como si fueran medallas que pudieran salvarnos del olvido.
Yo también lo hice.
Me levantaba antes del sol,
marcando casillas en listas invisibles,
convencido de que la victoria estaba
en llegar antes que el resto,
en no detenerme nunca,
en no ceder al descanso.
Pero un día —no sé cuál—
dejé de reír por nada,
dejé de mirar el cielo sin culpa,
dejé de inventar historias en el café de la mañana.
Y ahí entendí:
Vivimos para ganarle a los sueños,
sin darnos cuenta que perdemos la vida.
Porque en esa carrera absurda,
dejamos atrás lo que realmente importa:
la risa de un hijo,
el abrazo de quien nos espera sin reloj,
el silencio que no exige,
el presente que no compite.
Hoy, yo no corro.
Camino.
Y si un sueño me alcanza,
le invito un café.
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