Dave estaba cansado; de ese tipo de cansancio que se siente en el alma y se traslada hasta los huesos. Cansado de todos, pero sobre todo, de él mismo. Es que a veces, necesitamos desconectarnos de nosotros mismos y caminar hacia la oscuridad.
El silencio no ayuda si por dentro aún se escuchan los gritos. La conciencia de lo vivido. Esos arranques de la memoria que sólo sirven para torturarnos. Ese momento sólo se vive cuando se vive.
Se dispuso a desaparecer.
Agarró una cajetilla de cigarros, una botella de Jack Daniel´s, se despojó de su vestimenta y sacudió su cabello, quería habitaran en él los pájaros, mas no los recuerdos.
Caminó hacia el baño y dejó correr el agua en la tina. Esperó paciente mientras el agua hacía lo propio. El humo del cigarrillo impregnaba las cuatro paredes de aquel lugar, sin abrir la pequeña ventana de escape, él quería nublar sus ojos, perderse.
Así pasaron los minutos hasta que el nivel del agua era adecuado, él sumergió su cuerpo desnudo y recostó su cabeza en la cerámica que rodeaba la tina. Encendió otro cigarrillo, el tercero, cerró sus ojos y comenzó a volar. Los abría de vez en cuando para alcanzar hasta su boca el whisky, dejaba que le quemara la lengua, como quien se tortura por haber hablado de más.
Pobre hombre; habrá dicho te amo a quien no lo merece, o habrá callado un te necesito cuando fue necesario, no lo sé.
De pronto él volvió a su estado casi hipnótico, y se imaginó el edificio en donde vivía completamente en llamas. Era una imagen perfecta.
De lejos se hubiese contemplado cómo las llamas consumían las paredes, todo excepto el pequeño baño en donde Dave se ahogaba por dentro.
Él sintió paz a pensar que todo ardía.
Volvió a beber, esta vez ya no utilizó el vaso, lo hizo directo del pico de la botella, como quien se quiere atragantar desesperado.
Apretaba sus ojos fuertemente como borrando de sus párpados los recuerdos, pero es imposible borrar lo que se ha vivido, las fotografías mentales no se destiñen con los años, olvidamos el por qué, el dónde y el cuándo pero jamás el con quién.
Dave no se iba a suicidar. Sólo estaba pasando por un proceso de expiación.
Pero… ¿Cuál era su pecado?
Tampoco lo supe.
Dave jamás habló en voz alta sobre su tormento, así como hacen los que se mueren por dentro.
El momento terminó. Dave salió de la tina y se cubrió con una toalla, ya no habían cigarros ni alcohol.
Sus manos estaban envejecidas como su corazón.
Se fue directo a la cama y sin vestirse se durmió.
A la mañana siguiente, él vació la tina, botó las cenizas y la botella vacía. Se vistió y se fue a trabajar.
Están aquellos que mueren todos los días, son muertes pequeñas, pero siempre arrancan un pedazo de adentro. Están aquellos que aún así vuelven a comenzar.
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